Guillermo Gómez Macías describe la historia detrás

El Viejo,…y el Mar?

 
Durante unos días de descanso del invierno de 1999 en el área de Bahía de Banderas, por la tarde, caminando por la playa, mientras el sol se despedía pintando las nubes de colores, me encontré con este cayuco atado al tronco de una palmera, entre su deterioro y los remiendos, se podía apreciar que estaba hecho de una sola pieza de madera del árbol de parota, también llamado huanacaxtle en la región. El caso es que; entre vetas erosionadas por la arena y la sal, parches de resina, y amenazantes grietas daba la impresión de que abordarlo, era agregarle una aventura más a la historia del dramático navío.

El afán constante de observar las formas, las texturas, los colores, etc. hacen que los objetos adquieran un carácter individual y que su presencia en nuestro espacio, en nuestro tiempo, y en nuestra vida, provoquen que reflejemos en ellos nuestra experiencia y que al compartirla, nos reflejemos en las experiencias de los demás. Es por esto que nos surge la necesidad de adquirirlos, de llevarlos con nosotros, por que el sentimiento es placentero,  por que nos hace sentir humanos.

Por la razón antes explicada, la consecuencia lógica del hallazgo fue la de buscar al propietario para ver la posibilidad de llegar a un acuerdo comercial y así llevar aquel tesoro a mi casa.

Preguntando a la gente local me enteré que el propietario del cayuco era Don José, y que en su oficio de pescador, invariablemente lo podría encontrar temprano por la mañana en su ritual de embarcarse en su pequeña nave con rumbo a su panga, anclada a unos metros , para realizar su jornada mar adentro.

Al día siguiente, con el entusiasmo de mis planes, me levante temprano para encaminarme a mi cita unilateral y hacer mi propuesta. La mañana estaba envuelta en una neblina espesa, tanto, que el sol saliente era una candela difusa de un pálido amarillo, y hacia el lado opuesto, el pacifico inmenso, cielo y aire, era todo un lienzo de azul grisáceo , profundo, sin horizonte. En ese escenario, y por minutos tarde, vi a Don José  flotando en un mar calmo, a la distancia seguido de leves destellos de luz de la discreta estela que en silencio dibujaba su retirada.

Con ese primer intento frustrado, pero no desanimado, me informé respecto a su hora de regreso, y conforme a las aproximaciones que me dieron, me dispuse a montar guardia a su llegada.

Ese mismo día, poco antes de la puesta del sol, pude ver como se acercaba Don José en su panga remolcando al cayuco. Fue toda una escena el observarlo anclar la panga, acercar el cayuco, mover sus avios, cambiarse de nave y dirigirse a tierra para finalmente desembarcar y entregar a su gente la modesta pesca del día. Desde una distancia prudente, pude darme cuenta que su labor del día concluía cuando entre alguien mas y el, arrastraban el cayuco hacia la palmera para atarlo, y en ese acto final dar por concluido ese ritual cotidiano de su digna ocupación.

Confieso que en ese momento, el hecho de haber observado ese pulso de vida, me hizo reconsiderar mi avidez por adquirir lo que ahora veía como un todo, en conjunto con su propietario y su función. Pero ya había visualizado aquella lanchita en mi casa, y ahora estaba enriquecida con una historia de la cual yo estaba siendo testigo.

Decidido, me dirigí a Don José, me presente, y el, en un gesto de amable desconfianza me pregunto que se me ofrecía. Sin muchos rodeos me fui al tema de la peculiar embarcación y de la posibilidad de que me la vendiera. Sonriente y satisfecho me hizo saber que no era la primera vez que intentaban comprársela, que dicho objeto era algo más que equipo de trabajo, que además de ser parte de su vida cotidiana, de alguna manera tenia su ¨vida¨ propia, tenía su nombre, El Gentil y había participado en eventos oficiales de su comunidad, así como en eventos privados, en una boda, repleto de flores, y hasta en documentos fílmicos. Además de que el nombre en sí, es toda una historia, ya que me platico que los Gentiles son unos seres fantásticos propios de esa región conformados por un cuerpo humano con cabeza de delfín, temidos ya que en las noches de luna nueva, emergen del mar y se "roban" a las muchachas. Wow! La energía que proyectaba aquel barquito tenia un fuerte respaldo de vivencias, era todo un personaje!

La insistencia por que me la vendiera se fue convirtiendo en plática para concluir en amistad y en respeto a lo que, mas que una situación de pertenencia, era una peculiar relación entre el pescador y su embarcación. Era un juego de roles compartidos, y de individualidades libres hombre-objeto.

Con mucho que pensar por aquel afortunado encuentro, transcurrió un año en el que por supuesto, la interpretación plástica de aquella experiencia se tradujo a una escultura de pequeño formato que titulé Navegante.

Pero, se acercaban nuevamente las fechas en que por tradición, acudíamos en familia a pasar unos días de descanso en aquellas playas, y me resurgió el ánimo por la adquisición de El Gentil.

Se llegó el día, y con entusiasmo me di a la tarea de buscar a Don José, por supuesto que la lógica me llevo a la palmera en donde la embarcación permanecía en reposo a la espera de desempeñar su labor. El sol caía poco a poco en la línea del horizonte y el cayuco no estaba aun en su lugar, lo que me hizo pensar que Don José aun se encontraba mar adentro, y tendría la oportunidad de recibirlo. Así fue, contra el horizonte encendido, fue apareciendo la silueta de la panga, se detuvo, realizo el cambio de embarcación y el resto del ritual casi litúrgico. Al irse acercando, lo que a distancia era una silueta contra el fondo luminoso del ocaso, se fue definiendo en formas y colores, y, sorpresa! El Gentil era de color azul! Mas bien, no era El Gentil, era una lanchita de fibra de vidrio de las mas comúnmente usadas por los pescadores.

Creo que Don José evidentemente captó mi gesto de sorpresa, ya que inclino la cabeza y esbozó una sonrisa un tanto maliciosa. Después de saludarlo pregunte lo que el obviamente esperaba,

-y El Gentil?,

-me lo robaron, fue su respuesta.

- Pero, como?

- Si, alguien a quien le pudo más su deseo que el respeto…

Para aligerar la tensión le reclame en tono de decepción el no habérmelo vendido en aquella ocasión. Pues si, me respondió, de todos modos no te lo hubiera vendido, no estaba en mi la voluntad de desprenderme de el, solamente espero, que quien se lo llevó le de dignidad a mi viejo amigo, pero aquí tienes a El Bandido, me dijo señalando a la nueva lanchita, y riendo con gozo. Lo ayude a acercar la embarcación y a descargarla mientras platicábamos divertidos bromeando respecto a la perdida del celebre cayuco. Pude darme cuenta de que, a pesar de la perdida de su "amigo", Don José seguía siendo el mismo personaje, satisfecho, generoso y motivado con su trabajo y su vida.

Las circunstancias, los hechos, y los protagonistas, me dejaron un agradable mensaje: Las pertenencias son valiosas, siempre y cuando sean útiles a la esencia de su propietario, y más si esa esencia esta hecha de virtudes humanas; de generosidad, simpatía, buena disposición, esperanza…

La historia completa me lleno de inspiración y me llevó a intentar representarla en la pieza El Viejo,…y el Mar?

 
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